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MENSAJE DE PASCUA: Admiración, asombro, viviente esperanza por la resurrección de Jesús

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Mons. Oscar Sarlinga agradece de corazón los saludos pascuales, que retribuye con espíritu de amistad, y pide al Señor nos guarde en su paz y en su amor, para el don de nosotros mismos en el servicio a Dios y a los hermanos.

Ante el misterio de la Pascua nos quedamos llenos de admiración y de asombro, como ante los misterios de la Encarnación y del nacimiento virgina(1). Es asombro creyente, que requiere del fortalecimiento de nuestra fe. Podemos decirle a Jesús Resucitado: Señor, creemos, ¡pero aumenta nuestra fe!. Sí, aumenta nuestra fe como lo hiciste en tus primeros testimonios del sepulcro vacío, que tuvieron lugar tempranísimo en la mañana (Cf. Mt 28,1; Mc 16,2; Jn 20,1) y en tus primeras apariciones a los apóstoles y discípulos, que ocurrieron en la tarde de ese mismo día (Cf. Lc 24,34-36; Jn 20,19).

Nos asombramos, nos admiramos: dejó Jesús, victorioso, la tumba vacía, no hay “cuento mítico para contar”, lo creemos y lo vivimos”, en el decir del Papa Benedicto sobre la resurrección: “(…) no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que al atardecer del Viernes fue descendido de la cruz y sepultado, ha dejado victorioso la tumba”(2).

Entonces, ¿cuáles pueden ser nuestros temores, nuestros miedos?. ¿Qué entidad pueden tener?. En un mundo tan necesitado del mensaje y de la realidad de la salvación, dejémonos introducir, con los apóstoles, en la fe en Cristo resucitado, la única que puede traernos la salvación (Cf Hch 4, 12), para animarnos a proseguir con esta misma fe, sin perder nunca de vista el servicio al Pueblo de Dios, todo él «reengendrado a una viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1P 1, 3). Animados, sí, por la respuesta “libre” de Jesús, la de entregarse (“Tengo el poder de entregar mi vida…”: Jn 10, 18c), vivamos nosotros también con plena libertad, esa libertad que es el “(…) don de uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos”(3), esa libertad que adquiere su fuerza en la respuesta espontánea que damos al llamado, al clamor, del hermano y de la hermana, el llamado del servicio del prójimo(4).

Sintámonos deudores, sí, deudores, de aquellos que viven en la duda, en la angustia, de aquellos que ya no tienen razones para creer ni para esperar, “con la esperanza que no defrauda”, y esto en nombre, no propio, sino en nombre de «Aquel que estuvo muerto y ha vuelto a la vida», del «testigo veraz, primogénito de los muertos» (Ap 2, 8 y 1, 5). Miremos su Rostro; seremos salvados, daremos Amor, nos haremos partícipes de la civilización de su Amor.

El Señor Resucitado nos dé tiempos de paz, de verdad, de justicia, de libertad, y nos dé la gracia de poner en obra, en nuestros ambientes, todo su don de Amor.  ¡Feliz y Santa Pascua de Resurrección!

+Oscar

Notas:
(1) Cf. San Gregorio Magno, Hom. 26 in Ev., lectura del breviario del Domingo in albis).
(2) Benedicto XVI, Mensaje pascual desde la balconada de la Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano, Domingo 12 de abril de 2009.
(3) Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n. 87.
(4) Así se lo puede ver en distintos textos del Nuevo Testamento, como V.gr. lo refiere tanto un texto joánico (Cf. Jn 8, 31 ss) como uno paulino (Cf. Gal 5,1).

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