Inicio » Uncategorized » TOMA DE POSESIÓN DEL PBRO. JORGE RITACCO COMO NUEVO CURA PÁRROCO DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR, EN LA CIUDAD DE PILAR

TOMA DE POSESIÓN DEL PBRO. JORGE RITACCO COMO NUEVO CURA PÁRROCO DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR, EN LA CIUDAD DE PILAR

Start here

El día domingo 28 de febero, el Sr. Obispo Oscar Sarlinga puso en posesión al nuevo cura párroco de Nuestra Señora del Pilar (el cual ya era “administrador parroquial sede plena”) en razón de la dimisión del Pbro. José Ramón de la Villa, quien fuera cura párroco desde 1979 hasta 2010, es decir, durante 31 años.

https://i2.wp.com/www.newsmaker.com.ar/clientes/infodiocesis//infodiocesis/imagenes/160105_102_3601.JPG
https://i0.wp.com/www.newsmaker.com.ar/clientes/infodiocesis//infodiocesis/imagenes/160105_102_3593.JPG
https://i1.wp.com/www.newsmaker.com.ar/clientes/infodiocesis//infodiocesis/imagenes/160105_102_3589.JPG

El nuevo cura párroco, nacido en Escobar, se desempeñó primero como vicario parroquial de la misma parroquia de Ntra. Sra. del Pilar, y luego como cura párroco de Santa Rosa de Lima (Villa Rosa) y después como cura párroco de Santiago Apóstol, de Baradero, desde donde fue trasladado a Pilar en 2008.

El templo parroquial (que es monumento histórico nacional) estaba no sólo colmado en su interior, sino que los fieles ocuparon todo el atrio, la acera y la parte adyacente de la plaza, debiendo estos últimos seguir la celebración a través de pantalla gigante. La celebración fue transmitida en directo por los dos canales televisivos del partido.

Monseñor Oscar Sarlinga presidió la Eucaristía, con la concelebración de 25 sacerdotes, entre los cuales el nuevo cura párroco, el Pbro. de la Villa, los vicarios generales, Mons. Tomás Llorente Martínez y Mons. Edgardo Galuppo, el pro-vicario general y rector del Seminario, Mons. Santiago Herrera, el decano de Pilar, Pbro. Oscar Iglesias, los sacerdotes de la Sociedad de San Juan (misioneros diocesanos) quienes ayudarán en diversos encargos pastorales de la parroquia, todos los curas párrocos del partido y demás sacerdotes venidos de distintos puntos de la diócesis. Un grupo de seminaristas del Seminario “San Pedro y San Pablo” acompañó también la celebración.

El P. José Ramón de la Villa dijo unas palabras casi al final de la ceremonia, en la que destacó la “Gran misión” de Pilar, en 1981 (la cual fue convocada por el extinto Mons. Alfredo Mario Espósito, y fue precedida por la “Gran misión” de Campana, en 1979).

El Pbro. Jorge Ritacco pronuncio un sentido discurso al término de la celebración, antes de la bendición final, y junto con el agradecimiento al Obispo diocesano, por la confianza manifestada, por su paciencia y por su palabra, destacó distintos aspectos del “Plan Pastoral diocesano” y trazó cordialmente algunas líneas fundamentales de la pastoral parroquial, poniendo énfasis en la unidad con la diócesis, y en constituir a Nuestra Señora del Pilar en un centro sacerdotal, en una comunidad de fe y de amor, con acogida amorosa a los jóvenes, y a todos aquellos a los que el Obispo había mencionado en su homilía, y que le encomendaba especialmente.

Luego de la celebración, y de los saludos de tantísima gente que acudió (incluso desde su precedente parroquia de Baradero) para acompañar al nuevo párroco, se tuvo un ágape fraterno con la comunidad presente.

A continuación la homilía del Sr. Obispo:

Queridos sacerdotes, autoridades municipales, hermanos, hermanas en el Señor,

Acabamos de escuchar en la lectura del santo Evangelio según san Lucas (9, 28-36) como Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a una montaña para hacer oración, de modo que sus Apóstoles pudieran ver su gloria, en la Transfiguración. El texto nos dice que apenas había terminado de hablar Pedro, pidiendo quedarse en ese lugar, donde estaban tan bien y tan consolados, cuando los cubrió una nube desde la cual surge potente la voz que clama: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. La voz del Padre se eleva para que la voz de Cristo sea escuchada; en nuestros tiempos Él habla por la voz de su Cuerpo, que es la Iglesia, a la que hemos de escuchar, como al mismo Cristo.

Ante la sagrada imagen de Nuestra Señora del Pilar, signo de la presencia de nuestra Madre, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, la saludamos hoy, en este histórico e insigne templo que a Ella está dedicado, con la salutación del Ángel: . «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28) y pedimos sobre nosotros, sobre esta parroquia en particular, su maternal mediación y protección.

«Llena de gracia», la llama el Ángel, y con este apelativo es Dios mismo el que la nombra, pues Él la pensó y la vio desde siembre, desde la eternidad. Dios se dirigió a María desde el inicio de los tiempos con una especialísima bendición, haciéndola bendita entre todas las mujeres (Cf. Lc 1,42), porque la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el Amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (Cf. Ef 1,4-5).  Preservada libre de toda mancha de pecado original, María, la «nueva Eva» ha sido la primera redimida, de modo singular, por la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor, y por ello la Virgen es imagen de la Iglesia, porque en Ella se señala «el inicio de la Iglesia, esposa de Cristo sin mancha y sin arruga, resplandeciente de belleza» y es Ella la que precede siempre al Pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el Reino de los cielos (Cf. Lumen gentium, 58; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 2). A la Virgen Madre, en su advocación de Nuestra Señora del Pilar, dedicamos esta nueva etapa en la vida de esta parroquia a Ella consagrada, junto con el ministerio del nuevo párroco, de los sacerdotes colaboradores, diáconos, y todo el laicado, para que, como “comunidad de comunidades” (como llama a la parroquia el Documento de Puebla) pueda ser un signo manifiesto de la unidad en la caridad, un signo grande, evangelizador, a través del culto divino, de la catequesis, de la caridad organizada, y de todas las manifestaciones de la vida parroquial en esta ciudad de Pilar, con alegría, con paz, con todos los frutos del Espíritu Santo, porque donde está el Espíritu del Señor están sus frutos, para que el mundo crea.

En la Iglesia tenemos un signo de discernimiento claro acerca de la presencia  del Espíritu (o por lo contrario, la oposición que podamos hacer a dicha presencia). El criterio de discernimiento es el que vivamos (o no) según los dones de Aquél, que se hacen manifiestos en las personas y en la comunidad.

San Pablo nos dice que « el fruto del Espíritu es el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benevolencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí” (Gal. 5, 22). Donde se da la verdadera devoción a la Virgen, la apertura al Espíritu y sus dones, el Amor a la Iglesia, se manifiestan claramente los signos de predestinación a la salvación, pues aún en medio de diversas dificultades, a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. Nosotros estamos llamados a evangelizar, la misión más profunda de la Iglesia, para que el reino de Dios se extienda, y para poner nuestra colaboración en el cumplimiento de la Escritura, como vemos en Lucas 13,22-30: ·”Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. En cambio, allí donde hubiera desunión constante, enojo y fastidio como estado permanente, división, acepción de personas, el no soportarse y el parcelamiento en grupúsculos, y tantas otras “obras de la carne” (en lenguaje paulino), esto  no concuerda con la misión que el Señor nos ha encomendado desde la eternidad (Cf a este respecto  Romanos 9,17). Por eso digo; donde están los dones del Espíritu, está el Espíritu de Dios, donde Él está, está su Esposa, la Virgen, y donde Ella está presente, como Madre tierna y afectuosa, recibimos de Cristo su gracia y bendición, por eso San Bernardo pudo decir que María es “la señal más cierta de predestinación”. Quien ama a María, por lo demás, ama a la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo y el Pueblo de Dios, como nos enseña el Concilio Vaticano II.

En nuestro caminar, sin embargo, no podemos ocultar la existencia de frustraciones, y esto pese a la mejor intención (e incluso los mejores medios) que podamos poner. “Al hecho, pecho” como dice el dicho de nuestra lengua castellana. Incomprensiones, desagradecimientos, malas acciones, no faltan. Pero vivimos del realismo de la esperanza, y la esperanza es virtud teologal infundida en nuestros corazones, y no defrauda, porque Dios nunca defrauda. En su carta encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI habla de las frustraciones que siempre acechan a nuestra actuación, y de cómo hemos de luchar para construir un mundo más humano y más luminoso, ya sea en las cosas pequeñas de cada día como en los grandes acontecimientos. Y en el contexto de las posibles frustraciones, el Santo Padre afirma: “Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto quedan custodiadas por el poder indestructible del Amor, gracias al cual tienen para él sentido e importancia; tan sólo una esperanza así puede en este caso dar todavía más ánimo para actuar y seguir adelante” (Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 35).

La esperanza está estrechamente ligada a la acción del Espíritu Santo, porque sólo él puede « renovar la faz de la tierra”.(Ps. 104, 30). Y todos nosotros sabemos cuánta necesidad tiene de dicha renovación el tiempo en que vivimos, tan contrasignado por actos de indiferencia, de desestima por la vida, de una violencia inhumana, todos ellos tristes signos de decadencia y generadores de una contracultura de la muerte, en una u otra medida. ¿Qué podemos hacer para dar una nueva juventud a esta socieddad nuestra?. En primer lugar, dejarnos guiar dócilmente por el Espíritu de Dios (Cfr. Rom. 8, 14).

Y esto último se aplica también a una parroquia, esa “célula” comunidad de comunidades, en la comunidad diocesana: coadyuvar a la perpetua “novedad” del cristianismo, que es el “paso” de la muerte a la vida (Cf I Jn 3,14), “Paso” que constituye la razón fundamental del Amor mutuo. Ése es el testimonio parroquial, en medio de la ciudad, en medio de la sociedad, que nos mira, que espera de nosotros un testimonio trascendente, la sustancia única del vivir humano con dimensión cristiana, el vivir según el Espíritu, que crea alegría (Cf Hech 13,15) y no continuo fastidio. Antes bien, la alegría espiritual es la mayor apología del cristianismo que podamos vivencialmente realizar, y es difusiva de sí misma, tanto como el bien; es un calor que funde la frialdad e infelicidad del egoísmo, cuando tiene como sólida garantía el estar “fundada en el Señor” (Cf Fil. 3, 1; 4, 4.10), es decir, en Dios mismo, al cual el Salmista canta como «el Dios de mi alegría y mi júbilo» (Ps. 42, 4).

La presencia vivida del Espíritu en una comunidad trae como consecuencia de vida la verdadera paz, sin la cual se hace imposible toda convivencia, toda misión. Paz de los corazones, de las conciencias, paz en la comunidad parroquial, y en el tejido visible de la sociedad. Los exhorto a escuchar a Jesús, Transfigurado, Crucificado, Resucitado. Sus Palabras lo son “de vida eterna” (Cf Jn 6,68; Hch 7,37), son fuente de vida espiritual (Jn 6, 63) y de impulso a la misión.

Encomendamos el ministerio del Padre Jorge Ritacco al Padre Dios, grande y fiel. para que siempre le muestre su Rostro y que escuche sus oraciones, en especial por la porción del Pueblo del Señor que le es encomendada; para que sea fuerte en la fe, en el misterio de la cruz pascual, y para que tenga un corazón dócil, de discìpulo, puesto´que sólo quien posee esa docilidad al Espíritu puede ser un buen Pastor, conforme a nuestro Buen Pastor Resucitado.

Querido Padre Jorge, se encuentran presentes en esta celebración tu papá, tu mamá y familiares. Ellos traerán las ofrendas. Que sea un signo de tu dedicación a las familias, y también a todos aquellos sedientos y hambrientos de la Palabra de Dios, a los más necesitados, a través de la caridad organizada de la Iglesia, a la colaboración fructuosa en la construcción de la sociedad civil, siempre según el principio de autonomía y sana cooperación del Concilio Vaticano II (en la Gaudium et spes) y que seas, en Cristo, Padre y hermano, de todos los que te son encomendados, de modo tal que, al fin de nuestros días, cuando seremos juzgados en el Amor por el Señor, que vendrá a juzgar a vivos y muertos, podamos entrar en su Reino que no tiene fin, porque ya habremos preparado su Reino aquí, en esta tierra, como primicias de una nueva humanidad, cada uno conforme a su vocación y misión, conforme al encargo que de la Iglesia ha recibido. Tú como cura párroco, de esta importante, vasta, poblada  parroquia, llena de desafíos pastorales, que requiere de un dinamismo sólidamente basado en la oración y en el sacrificio; no olvides esto último, es el alma de todo apostolado. Como desde la nube se oyó la voz del Padre, te decimos: Éste es el  Hijo amado, en quien el Señor se complace: escuchémoslo. Dejémonos transfigurar por Él, vivamos con alegría la dimensión “pascual” de su Cruz. Jamás caigamos en desesperanza. Vivamos la fraternidad, un espacio de verdadera fraternidad creado por la obra del Espíritu y sus frutos. Te esperan los sufrientes, los enfermos, las comunidades, el alumnado de los colegios, en la dimensión pastoral, aquéllos que han perdido la fe y la esperanza, los más pobres que requieren no sólo de limosna sino de un trabajo mancomunado en pro de la promoción integral; el levantar los medios de comunicación parroquiales, la buena administración, el celo por la Casa de Dios, en fin, que debe consumirnos. Te lo encomendamos en Cristo.

Al P. José Ramón de la Villa, quien fue nombrado en la parroquia en el año 1979, y quien por consiguiente el pasado año 2009 cumplió 30 años como cura párroco, le agradecemos, en el Espíritu que penetra los corazones y que ve toda verdad en el interior, todo lo recto y bueno que ha puesto de sí y de su ministerio en esta parroquia. Ya fue la ocasión de despedirse en distintas ocasiones con las comunidades de la “gran comunidad” de la parroquia. Que los dones del Espíritu llenen su corazón y pueda seguir brindando de su ministerio sacerdotal (pues permanece con nosotros) conforme a la voluntad de Jesús, Rey de los Pastores, el único que nos eligió, y que conoce cada corazón, también el corazón de sus Pastores, sus sacerdotes. Gracias, y de modo no menor, por la restauración del templo.

Y a todos, queridos hermanos y hermanas, vivamos en la paz de Cristo y trabajemos por el Reino de Dios, que de modo misterioso se halla ya presente entre nosotros, en la Eucaristía, en los efectos de una vida cristiana que nos lleva a construir, sin descanso, la civilización del Amor, como una misión que hemos recibido. Sin esa dimensión de fe, lo nuestro sería meramente una función social, o un espectáculo religioso. Pero es vida de Iglesia; que cada una de nuestras obras coadyuve a que ella (la Iglesia) sea un recinto de paz y de Amor, donde todos encuentren un motivo para seguir esperando con esperanza.

A la querida ciudad de Pilar, y al partido homónimo, con sus diversas parroquias (algunas desprendidas de esta parroquia matriz), ¡Paz, alegría y salud!. La transfiguración llegue a todas y cada una de nuestras familias.

+Oscar, Obispo de Zárate-Campana

28 de febrero de 2010

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: