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ORDENACIÓN DE UN NUEVO DIÁCONO PERMANENTE PARA LA DIÓCESIS DE ZÁRATE-CAMPANA

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El día 12 de diciembre ppdo. el Sr. Obispo Mons. Oscar Sarlinga ordenó un nuevo diácono permanente, fruto de la Escuela de Ministerios y del Diaconado Permanente de la diócesis (en funciones desde 2004 y reactualizada en 2006), que es el 7mo. al servicio de esta iglesia local.

El acólito Ramón Álvarez, originario de Zárate, esposo de Marta Giovagnoli, con dos hijos y cuatro nietos, es director de Caritas de la parroquia de Ntra. Sra. del Carmen, de Zárate, vice-director de la Caritas diocesana, miembro del Movimiento de «Jubileo Matrimonial» de la Pastoral familiar parroquial y proveniente del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Tiempo atrás, gerenció el Club «Defensores Unidos» y el Instituto «José Manuel de Estrada», tradicionales en la ciudad, y antes había tenido cargos dirigenciales en una conocida empresa industrial de la zona, sin perder nunca su sencillez y entrega a los más necesitados.

MISA DE ORDENACIÓN DIACONAL DEL SR. ACÓLITO RAMÓN ÁLVAREZ ORDENACIÓN DE UN NUEVO DIÁCONO PERMANENTE PARA LA DIÓCESIS DE ZÁRATE-CAMPANA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN CIUDAD DE ZÁRATE

Sábado 12 de diciembre de 2009, en la Festividad de Nuestra Señora de Guadalupe

Querido hermano Ramón, que serás ordenado diácono permanente,

¡Recibes hoy el don de la diaconía de la esperanza!. Alégrate y regocíjate en Cristo. Luego del debido tiempo de formación, conforme a las normas de la Iglesia, con el apoyo incondicional de tu esposa, hijos y nietos, ha llegado el momento de configurarte con Cristo Servidor en el Orden diaconal. Después del tiempo prudencial de formación, querido hermano, ha llegado este momento en el que te acompañan tu querida esposa Marta Giovagnoli, mujer ejemplar, apóstol de la «pastoral del duelo», tus hijos Eduardo y Mónica (con sus cónyuges, Laura y Sandro) y tus nietos, Julieta (4), Matías (11), Bruno (16) e Ignacio (23).

Te ha caracterizado, según hemos podido constatar en el tiempo en que te conocemos, el amor a la Iglesia, el sentido de la obediencia verdadera, sin servilidad, el espíritu de comunión y de conciliación, y la discreción de juicio.

I. RENACIMIENTO DE LAS VOCACIONES ESPECÍFICAS EN LA IGLESIA PARTICULAR

Experimentamos una gran alegría en el Señor, porque el florecimiento de las vocaciones al diaconado permanente en la diócesis se da, con esa comunión orgánica y mutua interacción que proviene del Espíritu, en un contexto eclesial, muy significativo y por manifiesta gracia del Señor, de un redespertar de las vocaciones al sacerdocio ministerial, y también de las vocaciones laicales específicas. El Seminario “San Pedro y San Pablo”, que ha venido a acompañarte, es una prueba de ello, y no menos toda la feligresía que ha asistido a esta celebración. Se nota la vida de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, en ésta, su porción, que «recomienza desde Cristo» como hemos pedido insistentemente desde el comienzo del «estado de misión».

En efecto, la vocación al diaconado, que nace de la decisión de los Apóstoles movidos por el Espíritu, para proveer a las necesidades de la Iglesia, como vemos en el libro de los Hechos (cf Hch 6 2-6), jamás podría ser fruto del decrecimiento o desapreciación de la vocación sacerdotal, al sacerdocio ministerial, a modo de una especie de subproducto de una manera de pensar –la cual provendría de una falacia- y que más o menos podría ser expresada así: «dado que faltan sacerdotes, o no son suficientes, entonces hay que promover el diaconado permanente». Esto silogismo no sería válido, en primer lugar porque si se lo pedimos de corazón y somos fieles, el Señor nunca dejará de enviar obreros a su Viña, y además porque el diácono permanente, lejos de ser un «sub-sacerdote» que supla meramente a una carencia sacerdotal, es un hombre llamado a recibir el Orden Sagrado para presencializar a Cristo-Siervo, obediente y servidor, pues el diaconado es una «vocación en sí» que dice relación a la acción del Espíritu que anima a la Iglesia, y de su visible constitución.

¡Queremos experimentar, querido hermano Ramón, la diaconía de la esperanza!. Porque nuestra esperanza es Cristo, modelo diaconal por excelencia, puesto que, como Hijo del Padre, vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por el bien de los hombres, y se reconoció profetizado en la imagen bíblica del Siervo de Yahvé (Cf Lc 4,18-19), así como delineó su su acción misma como diaconía (Cf Lc 22.27) y mandó a sus discípulos hacer otro tanto (Cf Mc 10.43; Jn 13.15).

La misma Iglesia, en un sentido, es «Sierva, o Servidora», a semejanza de su imagen prototípica, la Santísima Virgen, la Servidora del Señor (Cf Lc 1.28). ¡Qué auspicioso es que recibas el Orden Sagrado del diaconado en este tiempo de Adviento, y en esta festividad de Nuestra Señora de Guadalupe!. Sigue siempre de cerca los consejos de la Madre del Señor.

Siendo felizmente casado, con estupendos hijos y nietos, vivirás ahora, en un sentido de decir, la doble sacramentalidad, la del matrimonio y la del orden, participando con tu esposa e hijos en la diaconía, sin quitarles el debido tiempo a ellos, que son tu familia, prodigándote en todo, por otra parte, a la Iglesia del Señor, que no se deja ganar en generosidad. Tu experiencia de trabajo, que has tenido provechosamente, en empresa, en cargos dirigenciales, en la organización de establecimiento educativo, te ayudará a ejercer con el realismo de la esperanza tu apostolado en el mundo, no menos que dentro de tu propia familia, como colaborador muy cualificado para abordar diversas realidades urgentes en la Iglesia particular, y realidades nuevas y florecientes, como la Pastoral social, los grupos de Justicia y Paz, sin olvidar, por cierto, tu amada Caritas, a la que le has dedicado tantos años de tu vida.

II. DIACONÍA DE LA ESPERANZA, DE LA VERDAD, DE LA CARIDAD

Te manifestaba que recibías hoy, con el Sagrado Orden del Diaconado, la «diaconía de la esperanza». La recibes junto con la «diaconía de la verdad», a la que llamamos de esta forma puesto que tu servicio diaconal, en fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, a su Magisterio, ha de ser siempre objeto de tu discernimiento, para ser también, en tanto diácono, y en especial en tanto que se te encargue la predicación de la Palabra, así como la catequesis, en el sentido de hacerla presente en todas las obras apostólicas, “fiel distribuidor de la palabra de la verdad” (2 Tm 2, 15), como exhorta San Pablo a Timoteo.

El diácono permanente ha de brillar, y diría especialmente, por la «diaconía de la caridad», también en su dimensión social, sin ser por ello una mera actividad de asistencia social[1]. Se trata de la realización de la solidaridad como virtud cristiana en nuestro mundo de hoy, desde la evangelización explícita y la actitud de construir la civilización del Amor, una tarea primordial en la vida de la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II:

«La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo»[2].

He mencionado antes que ya has dedicado gran parte de tu vida a la atención de los más pobres, en tu servicio a la Caritas parroquial, a la interacción que esta caridad institucionalizada realiza en la ciudad de Zárate, y desde hace un tiempo, en tu servicio como vice-director de la Caritas diocesana; recuerda siempre ese «amor primero» a los más necesitados, viendo en el prójimo, y en especial en los pobres, sufrientes y enfermos, la imagen de Dios, como también nos exhorta el propio Concilio Vaticano II nos dice cómo debemos ejercer hoy nuestra caridad con los pobres, haciendo también referencia a la necesaria pureza de intención, en ese servicio, y a lo que hoy llamaríamos promoción humana integral[3]:

El adecuado servicio a los necesitados exige, además de la acción de las organizaciones nacidas en la Iglesia, el esfuerzo de la mutua colaboración entre las instituciones, como se está haciendo desde la irradiación de esta parroquia de Nuestra Señora del Carmen, donde eres director de la Caritas. Y esto último no sólo por razones de eficacia, sino como razón profunda de la necesaria comunión eclesial, pues la Iglesia, que hoy a través de mi humilde ministerio episcopal te llama, es «Misterio de comunión con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo» y esto ha de manifestarse en toda su actividad pastoral incluida su acción caritativo-social, que supone relación entre las personas (Cf. 1 Cor. 12-14).

III. DESAFÍOS, ORIENTACIONES PASTORALES

Nuestro Plan Pastoral delinea los trazos más salientes del diaconado permanente en la diócesis. Es un Plan abierto a concreciones, más aún, diría, exige concreciones. A comenzar desde el Espíritu, esto es, en promover entre los ministros ordenados una profunda experiencia de Dios que alimente el seguimiento e imitación de Cristo «Buen Pastor». El diácono permanente ha de fomentar de modo también «permanente» una mayor vivencia de la comunidad católica, e impulsar la Nueva Evangelización como la entiende la Iglesia, viviendo el ministerio ordenado desde la perspectiva de la caridad pastoral, así como reavivar con la gracia de Dios el carisma recibido, a través de una sólida formación permanente.

No es el momento adecuado el de exponer orientaciones pastorales en una homilía, pero expreso una vez más que estamos abiertos a aportes y propuestas para profundizar y ampliar las líneas que la Iglesia diocesana ha convenido, con claridad y unidad de criterios, en los campos que quiere confiar a los diáconos permanentes, dentro de las normas y orientaciones de la Iglesia.

El Obispo como Sucesor de los Apóstoles ordena diáconos permanentes, después de un previo discernimiento vocacional, principalmente a través de la Escuela del Diaconado Permanente, una vez comprobadas tanto la idoneidad y formación para este ministerio como la vinculación con la comunidad (que es esencial), y en razón de las necesidades de las diócesis.

Es la diócesis la que está llamada a crear concretamente los espacios necesarios para que los diáconos colaboren en la animación de servicios pastorales, detectando y promoviendo líderes, y estimulando la corresponsabilidad de todos, en la comunión jerárquica y orgánica, para una cultura de reconciliación y solidaridad.

Y por supuesto, ¿cómo podríamos olvidar la dimensión misionera de los diáconos permanentes, cuando ha sido uno de los ejes fundamentales de nuestra organicidad pastoral, siendo ellos la comunión la misionariedad, y cuando han dado tanto fruto las misiones diocesanas, también las misiones populares?. Pero misionariedad fructifica cuando hay comunión, por ello, el Obispo y los sacerdotes, en este aspecto que estamos considerando, han de acompañar a los diáconos permanentes en su proceso formativo y de santificación y en el ejercicio de su ministerio, integrándolos activamente en la vida pastoral y fraterna, esto es, en una «fraternidad del Orden Sagrado», en un espacio de verdadera fraternidad, que es obra del Espíritu Santo.

Por último, aunque no menos importante, apreciado Ramón, no olvides mantener siempre un gran equilibrio con respecto al tiempo que le dedicas a tu familia, a tu trabajo y a tu ministerio. Siendo casado, y con una hermosa familia, será maravilloso el ver cómo darán ustedes, juntos, un testimonio de la Iglesia doméstica, cuales ejemplos vivos de la unidad y amor familiar en sus hogares.

Que la Virgen Santísima, cuya festividad celebramos hoy en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, nos alcance la gracia de imitarla en la diligencia con que Ella acudió en ayuda del prójimo (Cf. Lc 1,39; Jn 2,3).

Así sea.

[1] BENEDICTO XVI, Discurso del Papa a Diáconos Permanentes de la Diócesis de Roma, en el 25° aniversario del restablecimiento del Diaconado Permanente en la Diócesis de Roma, Ciudad del Vaticano, 18 de febrero de 2009 (“Pero no basta anunciar la fe sólo con palabras, porque, como recuerda el apóstol Santiago, la fe “si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2, 17). Por tanto, es necesario que el anuncio del Evangelio vaya acompañado con el testimonio concreto de la caridad, que “para la Iglesia (…) no es una especie de actividad de asistencia social (…), sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (“Deus caritas est”, 25). El ejercicio de la caridad pertenece desde el inicio al ministerio diaconal: los Siete, de los que hablan los Hechos de los Apóstoles, fueron elegidos para servir a las mesas. Vosotros, que pertenecéis a la Iglesia de Roma, sois los herederos de una larga tradición, en la que el diácono Lorenzo constituye una figura singularmente hermosa y luminosa”).
[2] CONC. ECUM. VAT. II, Const. Lumen gentium, n. 8.
[3] CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 8 (“Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario: ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da;respetar con máxima delicadeza la libertad y la dignidad de la persona que recibe el auxilio; no manchar la pureza de intención con cualquier interés de propia utilidad o con el afán de dominar;cumplir antes que nada las exigencias de la justicia para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males; y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciban se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos”).

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