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ORDENACIÓN DE UN NUEVO SACERDOTE PARA LA DIÓCESIS DE ZÁRATE-CAMPANA

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ORDENACIÓN SACERDOTAL DE ALFREDO MEONIZ

Iglesia de la Inmaculada Concepción
Maquinista Savio
31 de octubre de 2009

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(Luego de saludar cordialmente en primer lugar a la mamá del ordenando, al mismo Alfredo, que recibiría el presbiterado, a su familia, a los sacerdotes –en especial al vicario general, al pro-vicario general y Rector del Seminario de Zárate-Campana, al Rector del Seminario de Mercedes-Luján, al Director de estudios del Seminario de Gualeguauchú-  diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas y a todos los fieles que asistían a la ceremonia, el Obispo dijo la siguiente homilía)

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En este día tan gozoso, en esta circunstancia solemne y en pleno Año Sacerdotal, convocado por nuestro Papa Benedicto XVI, me dirijo ante todo a nuestro hermano Alfredo, quien va a recibir la gracia del sacerdocio ministerial:

Hoy es un día de Gracias, en el que Jesús nos vuelve a llamar, golpeando a nuestro corazón: “No los llamo siervos… les digo amigos” (Jn 15, 15). Así les dijo Cristo a sus discípulos y nos lo dice hoy. Estas palabras de Jesús tienen que ver profundamente con el lema sacerdotal que has elegido, Alfredo, y que has tomado de la carta a los colosenses, de San Pablo: “Revístanse de misericordia” (Col. 3,12). Se trata de esa misericordia que derriba todo muro de enemistad y de odio, y que nos abre el camino a la amistad en Cristo, a ser «un solo corazón».

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Querido Alfredo: el Señor te ha revestido de Misericordia desde que te eligió, como lo ha hecho con todos nosotros, desde la eternidad, antes que fuéramos formados en el vientre de nuestra madre. La historia de nuestra vida está en manos de Dios, pero lo que podemos decir es que desde hace tiempo (sacramentalmente desde el Bautismo y en lo vivencial desde la asunción personal de tu conciencia de vocación cristiana) estás asociado íntimamente a la vida de Cristo. Has seguido a Jesucristo, quien te invitaba a consagrarte enteramente a su misión. El Seminario, la experiencia en parroquia, la formación en parroquia al amparo de la Virgen Inmaculada, te han plasmado en esa «historia de tu seguimiento al Señor».

La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, te ha elegido para el orden presbiteral, porque el Señor te eligió. Has sido elegido para “apacentar el rebaño del que el Espíritu Santo los ha hecho guardianes”, como dijo San Pablo a los presbíteros de Efeso, esto es, para ser sacerdote, que sirva a su grey, camine al frente de ella y con ella. Ni sólo «al frente de ella» (podrías aislarte y podrían no seguirte) ni sólo «con ella» en un sentido en que se diluyera el sentido de tu guía. Con ella y al frente de ella, como el que sirve. Auguro hoy que el Lavatorio de los pies, del Jueves Santo, sea una imagen viviente que te guíe en tu ministerio sacerdotal.

A través del sacerdocio ministerial, es Cristo resucitado el que actúa, glorificado por la mano de Dios y puesto por su Padre en posesión del Espíritu Santo prometido (cf. Hch 2, 23); ese Cristo es quien actúa en nuestro ministerio. Porque El es el Principio, El es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1, 18). Por el pecado de los miembros, a veces puede obscurecerse la mirada respecto de la Luz de la fe, pero es claro que en el Espíritu Santo, Cristo prosigue su obra por medio de aquellos a quienes ha constituido Pastores y que no cesan de transmitir ese don espiritual. En el caso de los Obispos, mediante la imposición de las manos, como “los sarmientos por los que se transmite la semilla apostólica”(cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20)

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De manos del Obispo y por su oración recibes la misión de santificar al Pueblo de Dios. En este sentido, sos padre, por ello has de transmitir la vida de Cristo por medio de los sacramentos que celebras. Sigue interesándote siempre en preparar a los fieles laicos para estos sacramentos y en animarlos a vivir en ellos con perseverancia, con luz y sal que transformen la sociedad de hoy.

Querido hermano, que tu oración no deje de acompañar a vuestro pueblo por los caminos de la santidad. Contribuye a preparar, con la gracia del Señor, una Iglesia sin tacha y sin arruga, de la que es símbolo la nueva Jerusalén de que nos habla el Apocalipsis. “la esposa ataviada para su Esposo” (Ap 21, 21).

Traé siempre al redil con misericordia a quienes se han alejado, velá por todo el rebaño y defendélo, como clamaba San Pablo (Hch 20, 29-31), al mismo tiempo que procurá suscitar un espíritu cada vez más misionero. Buscá en todo la comunión y la edificación del Cuerpo de Cristo. Recordá siempre que la verdadera autoridad, la auténtica, la autoridad según Jesús, es la de Buen Pastor que conoce a sus ovejas y está atento a cada una de ellas; la de Padre que lo es a tal título por su espíritu de amor y dedicación; la de «administrador», y no «dueño», mucho menos «dominador», la del administrador, decía, que  siempre está dispuesto a dar cuentas a su Señor y a la Iglesia; es la actitud del “ministro”, que está en medio de los suyos “como quien sirve” y dispuesto a dar su vida.

La misión puntual que se te confía, requiere de vos, además de la autoridad verdadera y del servicio hasta dar la vida, la prudencia y sabiduría de los “ancianos”, «presbyteroi», y el espíritu de equidad y paz; la fidelidad a la Iglesia, una pureza ejemplar de doctrina y de vida. Se trata en definitiva de conducir a los fieles (y de caminar junto con ellos, como hemos dicho) hacia la santidad de nuestro Señor. Siendo «ministros» no dejamos formar parte del «Pueblo», ese Pueblo sacerdotal que es la Iglesia. Tu misión tratará de ayudar a todos a vivir el mandamiento nuevo del Amor fraternal, que Jesús nos dejó corno testamento (Jn 13, 24).

San Pedro escribía a los “ancianos'”: “Apacentad el rebaño de Dios… según Dios… sirviendo de ejemplo al rebaño” (1 Pe 5. 2-5). Así proveerás al bien de la edificación de la Iglesia, tan vapuleada, algunas veces, no menos, socavada desde dentro, no siempre con malicia, no pocas veces a causa del «creerse dueños», eso socava desde dentro.

Alfredo, poné al servicio de la Iglesia las cualidades con las que el Señor te dotó: tu espíritu de oración, dedicación, laboriosidad, sentido de la responsabilidad. Poné todas esas cualidades hoy, como ofrenda, en el Corazón de Jesucristo, Pontífice de nuestra fe.

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Tu ministerio ayudará a formar conciencias según la ley de Dios, la Ley Nueva del Espíritu Santo. Además, educando a las conciencias en orden a las responsabilidades y a la comunión en la Iglesia, contribuirás a formar ciudadanos honrados y valientes como el país los necesita; artífices de la concordia y del amor fraternal sin frontera, preocupados de un desarrollo armonioso principalmente entre aquellos más pobres y necesitados.

Querido hermano, este ideal no debe asustarte. Al contrario, debe animarte y servirte de motivo de esperanza. Ciertamente, llevamos el tesoro del orden sagrado en vasos de barro, o de arcilla (cf. 2 Cor 4, 7). El Apóstol Pablo tenía una conciencia muy acabada de dicha realidad. Pero sometiendo «con humildad» toda nuestra persona a Cristo que nos llama a representarlo, estemos seguros de su gracia, de su fuerza, de su paz. Siguiendo las palabras de San Pablo, como tu Obispo, te digo también hoy: “yo los encomiendo al Señor y a la palabra de su gracia” (Hch 20, 32), y en un sentido espiritual, como esas bendiciones bíblicas que están en el ritual de los matrimonios, «que veas a los hijos de tus hijos, y que sean en ti benditos hasta la tercera y la cuarta generación». ¡Que Dios sea glorificado en tu persona sacerdotal y en tu ministerio!.

Con la ayuda de la Inmaculada Madre de Dios, María Santísima.

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